
Tradición
fotográfica
Por: Sofía Ramírez
Fotos: Sofía Ramírez

Todos los días, desde muy temprano, sale a trabajar con su cámara oscura de 35mm, dispuesto a capturar cada momento que la vida le ofrece. Se le puede encontrar con frecuencia en la emblemática Avenida Séptima, en la que se refleja la vida urbana, o en el bullicioso Mercado de las Pulgas (carrera 7ª con 24), donde retrata la cultura de las personas. En estos lugares, Juan encontró no solo inspiración, sino también un espacio donde el pasado y el presente se entrelazan.
“Yo ejerzo lo que se llama popularmente foto agüita, que es una cámara de cajón con laboratorio fotográfico incluido, este proceso tiene más o menos 150 años de antigüedad y a Colombia llegó en 1930”
Juan Sosa ha estado inmerso en el mundo de la fotografía desde los 9 años, cuando su pasión por capturar momentos y contar historias a través de imágenes comenzó a florecer. Su principal mentor en este camino fue su abuelo, Julio Sosa, quien fotografió desde los años 30 hasta los años 90 y consiguió capturar imágenes de Jorge Eliécer Gaitán y Pablo Escobar.
Desde joven, Juan lo acompañaba a diario en sus recorridos fotográficos; juntos retrataban a personas de diferentes lugares, en las que captan la esencia de sus rostros y emociones. Cuando Juan cumplió 13 años, su participación en el proceso fotográfico comenzó a ser mucho más activa y técnica. Ya no solo acompañaba a su abuelo en sus salidas fotográficas, sino que empezó a involucrarse directamente en la parte mecánica de la cámara, en la que aprendió los enfoques y la velocidad del obturador.
“Yo iba cuando era niño, pero por acompañarlo, iba como por no quedarme en la casa aburrido”.
Aunque su abuelo falleció en 1999, Juan uso la fotografía como un medio para capturar la vida, las historias y las emociones que conforman el mundo.
A lo largo de estos años de aprendizaje, Juan no solo fue testigo de la técnica de su abuelo, sino que también absorbió sus conocimientos sobre la química fotográfica. Hoy en día Juan maneja la técnica de revelado en blanco y negro y la fotografía polaroid.
Estas enseñanzas se convirtieron en la base de su carrera, lo que hace que mejore su técnica y el ojo fotográfico que más tarde lo harían destacar en el mundo de la fotografía.
A sus 44 años, Juan Sosa ha continuado fielmente el legado fotográfico, dedicándose con una gran pasión al arte de la fotografía análoga. A pesar de los avances tecnológicos en el mundo de la fotografía digital, Juan ha mantenido viva la tradición de la cámara oscura.
“Yo me gradué como fotógrafo, pero a mí lo digital no me gusta, no me llama la atención; es más, yo le he perdido la practicidad, porque yo casi no ejerzo digital, más que todo análogo”.


Foto: Sofía Ramírez
Juan Sosa
Para Juan, la fotografía análoga es mucho más que un proceso químico, es una pasión que corre por sus venas y aunque él no es fanático de las cámaras digitales, ha habido momentos en los que las ha usado y se ha apoyado en ellas para seguir adelante con el mundo tecnológico.
Estos años, Juan ha estado en ferias y fiestas que lo han ayudado a crecer como fotógrafo. Empezó su recorrido en academias y hoy en día es productor de cine y televisión. Esto le ha ayudado a un reconocimiento social y cultural en Bogotá.
“Esto es muy importante porque hace parte del nacimiento de la fotografía. Se hace con químicos muy peligrosos para nosotros, para la salud, pero lo hacemos con mucho amor. También para que ustedes se lleven un bonito recuerdo”.
Juan, junto a su hermano, se ha dedicado a preservar y revivir las técnicas de la fotografía antigua. Él, utiliza la cámara oscura y químicos peligrosos, para congelar imágenes en blanco y negro que mantienen viva la esencia de un arte casi olvidado.
Su objetivo no solo es rendir homenaje a la memoria de su abuelo, sino también asegurar que las futuras generaciones conozcan y aprecien este proceso fotográfico que, a lo largo de los años, ha sido testigo de innumerables historias.
Juan cuenta que la fotografía oscura, con su misterio y belleza, no solo captura imágenes, sino que también despierta emociones y reflexiones. A través de sus sombras y contrastes, nos invita a explorar lo que queda oculto, lo que se encuentra al margen de la luz. Es un arte que, en su complejidad, nos permite conectar con una visión más introspectiva del mundo.


