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 Diez actos: 

Reviviendo memorias 

Por: Jeancarlo Ortiz

Fotos: Cortesía de Gabriel Rojas

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Foto: Héctor Aguirre

Gabriel Rojas, fotógrafo de calle y ganador del premio de fotografía Manos a la obra reflejos de una ciudad autoconstruida. Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte, 2022

En el territorio colombiano existen una gran variedad de costumbres y ritos que ejemplifican tradiciones culturales muy particulares, tan particulares como cada uno de los pueblos que mantienen vivas dichas historias mediante la reproducción de las narrativas. Algunos de estos pueblos tienen un reconocimiento especial entre el común del colombiano promedio por esas voces y rostros que han sido bandera del orgullo por sus raíces. Pero ¿qué pasa cuando no se logra dar un rostro familiar a los protagonistas y es la identidad llena de fantasía la única referencia del individuo? 

 

Este es el caso de la comunidad de San Martin, municipio ubicado al sur de su capital, Villavicencio; allí se lleva a cabo una festividad reconocida como Las Cuadrillas de San Martín. Esta práctica comprende una serie de diez juegos realizados a caballo en los que el sanmartinero disfrazado con un atuendo, personifica la imagen de dioses de su pueblo ancestral, mediante su destreza y habilidad como jinete. Su origen se remonta a los juegos de los nativos antepasados que se realizaban cada doce lunas, en honor a las divinidades de la gran nación Achagua, pueblo indígena que ha habitado este territorio desde antes de la conquista española. 

 

Esta festividad lleva realizándose desde 1735 sin interrupción según sus propios protagonistas. El 10 y 11 de noviembre de cada año se conmemora dicha festividad que evoca los sucesos que tuvieron lugar en la época de la colonia, y es para estas fechas cuando Gabriel Rojas, diseñador gráfico de profesión, viaja al territorio buscando captar la pluralidad de historias de los cuadrilleros a través de su cámara. 

 

Ya son 12 años los que Gabriel Rojas ha dedicado a captar las vivencias de las Cuadrillas de San Martín, y no únicamente preocupado por esos personajes disfrazados con exóticas máscaras; también por las personas detrás de los personajes que, como todos, son protagonistas de su propia historia individual que muchas veces se ven envueltas en dificultades como el abandono estatal y lo inhóspito del territorio. 

“Yo veía que los domingos llegaban los fotorreporteros a las fiestas de las cuadrillas con sus cámaras grandes y sus teleobjetivos solamente a fotografiar el evento…de mi parte, yo quería conocer quiénes eran esas personas detrás de la tradición, por qué se visten así, qué rol ocupan tanto las mujeres como las nuevas generaciones” 
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La preparación para esta festividad comienza con la elaboración de penachos, collares y demás adornos que harán parte de los atuendos usados por los cuadrilleros, en especial, de los “cachaceros” quienes son los protagonistas de los juegos y usan los vistosos trajes. Estos arreglos se ven compuestos de huesos, plumas y pieles de animales nativos de la región, así como semillas y pintura, en su mayoría de tonos oscuros. Cabe destacar que estos elementos artesanales son vendidos a los turistas, lo que genera ingresos extras para la financiación anual del proyecto. 

 

En los juegos participan cuatro cuadrillas. Cada una representa a una de las cuatro razas que tuvieron un papel relevante en la época de la conquista española. Moros, negros africanos, indios y españoles son representados en esta manifestación cultural. Cada una de las cuadrillas se ve compuesta de doce jinetes titulares y tres suplentes.  

 

Una vez listos sus protagonistas, se inicia el desfile de los cuadrilleros por el campo de batalla a bordo de sus caballos. Esta es la primera etapa de los juegos conocida como el “saludo” de los pueblos a los asistentes. Acto seguido viene el segundo fragmento, el “desafio”; aquí da inicio la dramatización de los conflictos armados que tuvieron lugar en la gran Colombia para la época de la Conquista. La plaza destinada para el evento se torna en un campo de batalla. Al terminar la muestra, las cuadrillas se dividen cada una de las esquinas de la plaza y proceden a dar un segundo desfile en su espacio correspondiente; los asistentes responden con ovaciones que resaltan la memoria de los pueblos involucrados y así llega a su fin al tercer acto conocido como los “oes”. Seguido, las cuadrillas se forman una frente a la otra con el campo dividido en dos partes. Este momento permite el reconocimiento entre ellos y así termina el “peine”, el cuarto episodio. Luego llegan las medias plazas y el caracol, quinto y sexto segmento respectivamente, espacio que da lugar a diversas aproximaciones que recrean el juego estratégico en el campo de batalla. El séptimo juego da inicio, “Las alcancías”. Es una persecución que realiza el jinete moro al cuadrillero español; una vez hacen ingreso a la esquina de uno los aliados históricos, los papeles se invierten como representación de dichas alianzas. Así luego se involucran los indígenas y finalmente los negros, quienes en una sucesión cíclica intercambian papeles deperseguido y persecutor. 

Galeria de Cero Cachacero

La “culebra”, el octavo juego, radica en la unión de árabes y españoles en un desfile en conjunto que tiene como fin acorralar a las cuadrillas de negros e indígenas. Finalmente llega la novena función, el “paseo”, momento de unión armoniosa de todas las cuadrillas para así dar cierre al evento con la “despedida”, el movimiento final. 

 

Gabriel está a la expectativa del momento exesp que busca fotografiar, y no únicamente en lo que a su cámara se refiere. Las memorias que guarda en su retina son parte fundamental del valor social que encuentra en las cuadrillas de San Martín. 

 

Es notoria la importancia que da Gabriel al trato dado a los fotografiados. Es desde la primera interacción hasta el “hasta pronto” cuando él fomenta ese trato de iguales ante el lente. El reencuentro anual es una oportunidad no solo para seguir desarrollando su proyecto fotográfico, es también en ese intercambio con los locales cuando puede aprender un poco más de las diversidades culturales del país. Esto ha sido uno los ejes que siempre ha buscado difundir mediante sus trabajos fotográficos. 

 

“La academia es un 50% de lo que significa el trabajo como fotógrafo”. Si bien ama con todo su ser la vocación de fotógrafo, no romantiza las dificultades de enfrentarse al trabajo de campo. Los libros llenos de técnicas fotográficas, especificaciones de las cámaras y datos sobre los planos de encuadre ignoran el tacto que debe tenerse al acercarse al individuo, activo vital que debe tener el fotógrafo una vez sale al mundo y que es factor fundamental para conseguir esa foto memorable que transmita la historia por si sola. 

 

“Muchas veces nosotros como fotógrafos olvidamos que ese ejercicio previo a la foto es fundamental en la disposición de la persona y que, en el mismo sentido, nosotros no somos la parte mas importante en ese intercambio, sino que lo es esa persona que está compartiendo su vida con nosotros” 

 

Esta frase fue el inicio de una reflexión sobre el ego que se maneja muchas veces en el campo de la fotografía por parte de los que llevan una cámara consigo. La mercantilización de la fotografía es para él uno de los ángulos de inflexión que ha llevado a la satanización de la imagen. Campos como la publicidad hacen uso de esta herramienta para dar visibilidad al interés de unos cuantos.  

 

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Si bien tiene claro cómo lo sedujo la fotografía con ese instante donde su lente capta una historia, también sabe el lado sensacionalista y manipulador que adoptan las imágenes según su autor. 

 

Afirma que proyectos como las Cuadrillas de San Martin le han permitido mejorar tanto en lo técnico como en lo personal, la conexión humana ha sido uno de esos aspectos en los que más ha aprendido. Se ha llegado a ganar la confianza de los fotografiados a tal punto que ha entrado en sus hogares, ha tomado un café en familia con ellos, incluso, una que otra vez se han tomado una que otra pola juntos. Es esa confianza para acceder a su vida la que ha permitido que estos 12 años pueda generar unos vínculos con las familias de San Martín y de las cuales se siente plenamente realizado y espera poder hacer de esto un proyecto memorable.  

 

Ahora su idea es llevar el proyecto al siguiente nivel y enmarcar en un trabajo documental la dinámica familiar que se da una vez los cuadrilleros se “jubilan”, entregan a sus hijos mayores la responsabilidad de continuar con la tradición de su pueblo ancestral y exaltan aquel valor histórico y cultural que ha sido olvidado sobre las raíces indígenas. 

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